domingo, 12 de junio de 2011

En algún lugar de mi conciencia, atesoro tan sólo el espacio equivalente a un vagón en una locomotora sin raíles.

Un paso a nivel me descoordina los vaivenes y evita con esmero que me agite demasiado.

Y discurre este vagón entre penumbras y carece la estructura de butacas.

Se desliza quedo y mudo por las vías

y estas vías se derraman por mis sienes.

Me atraviesan eficaces, abriéndome hendiduras.

Me descosen los nervios y yo mientras...

la observo proceder de un modo manso.

"Ya no compré el billete" (por si acaso)

Todavía...

necesito gritar de vez en cuando...

Casi...

querría vivir, si no es molestia...

viernes, 3 de junio de 2011

Todas las ventanas de mi casa dan a la tumba de mi padre. Es el primer pensamiento que tengo al levantarme y el que me acompaña al cerrar los ojos. No recuerdo cuál de nosotros tuvo la idea de enterrarlo en el jardín de atrás.

Hubiera sido mucho más lógico trasladarlo, en el viejo Ford azul, por la carretera del puerto hasta el embarcadero situado más hacia el norte y arrojar el cadáver al mar.

Ese plan sólo hubiera exigido un instante de reflexión, un momento de introspección y algo de sangre fría para esperar a que anocheciera del todo.Pero Cristina era impaciente y no me hubiera dado ese tiempo.

La habitación que compartíamos en el adosado se nos hizo opresiva, minúscula cuando nos descubrimos aquel atardecer, adolescentes y asombrados frente al cuerpo.

Cristina.

Aún puedo verla sin esforzarme. El rostro crispado, las manos temblorosas y húmedas. sin pestañear mirando al padre inerte, desmadejado sobre el suelo. hipnotizada y ausente en el momento sobrenatural de quitar la vida a quién, bien es cierto que de mala gana, nos la había dado.

Si sabía lo que sentí yo entonces contemplándola, hermosa en su crimen: agradecimiento, solidaridad, mudo apoyo.Viéndome a la vez cobarde, incapaz, desahogado.

Por mí.

Por ella.

Recuerdo que contemplé la imagen cenicienta del retrato de mi madre-una burda aproximación a su rostro que él había esbozado un día en que se encontraba sobrio-y le pedí perdón.

Avergonzado no sé por qué.

Humillado no sé por qué.

Indigno sin serlo por primera vez en mucho tiempo.

A nuestros pies yacía el germen de nuestro pasado y nuestro futuro. Nuestro creador. Nuestro verdugo.

El fabricante de las personas en que nos convertiríamos después, esculpidos en sesiones de psicólogos y terapeutas del comportamiento. Parches absurdos con los que tratamos en vano de llevar una vida normal.

Absurdos porque a qué consulta acudiríamos a confesar que hartos de años de abusos y malos tratos habíamos cometido el más terrible de los crímenes.

No ha pasado tanto tiempo.

Vuelvo a sostener la mano de Cristina. Estamos sentados ambos en la habitación del notario que lleva los asuntos de la familia. Me dice que con diecinueve años poseo la mitad de la casa de mi infancia. Que Cristina, con diecisiete, hereda la otra mitad.

No puedo esbozar un solo gesto.

Ella sonríe como una anciana.

Vivimos cosidos a su fantasma. La liberación no llegará. Ahora veo envejecer a mi hermana tras los cristales sucios de su habitación.

Siempre insomne. Siempre atenta.

Yo, por mi parte, languidezco mudo en mi cubil. Incapaces ambos de salir al exterior y enfrentarnos al mundo. Inútiles, desvencijados, como los heredados muebles.

Cada una de las ventanas de la casa que habitamos Cristina y yo dan a la tumba de mi padre aunque, en justicia, compartimos los tres la misma cripta.

No podía ser de otro modo.

jueves, 2 de junio de 2011

Adán no disfruta del mar, el senderismo o el "puenting".

Desprecia el ala delta y el boxeo tailandés y sonríe con desapego ante mis intentos para improvisarle el día. Escueto.

Adán se relaciona eminente e inminente con su celular. Me perdona las caricias, no me demanda atenciones.

Es atento, perfecto, lineal. Se crece. Se divide. Se disculpa.

Conmigo.

Con mi rostro.

Con mi cuerpo colgado del perchero junto a su portafolios, me responde Adán que no imagine cosas.

Que no desvaríe, no me distraiga, no me enoje.

Desvariada yo. Distraída yo.

Yo deshojada, cubriéndo todo el suelo con mis pliegos mientras desubicada me pregunto viéndole besar el aparato que haría Adán con todo el tiempo por delante

recién llegado al nuevo paraíso

huérfano

metálico

sin costilla

y sin teléfono
Penetro los caminos

Remuevo los cimientos

Hoy amanezco grúa.

lunes, 2 de agosto de 2010

X-cusas

Estupefacción ante el espejo. Reflejo intermitente en distorsión constante. Homenaje de tus dedos. Catarsis desigual licuada en la memoria. Mis resquicios lentos silbando entre ranuras. Exhuberante jardín de piel y huesos. Tus esquinas. Plenilunio entrecortado entre tus piernas. Descenso controlado. Esquivo vaivén de duermevelas.

Respiración carente de opiniones. Resolución febril de la materia. Doloroso afán. Anhelo de tu espalda. Asfixia. Disyuntiva. Zigzagueos. Afán de atarme hiedra, tenaz enredadera a tus paredes.

Y mientras o entretanto, poca cosa: romper el cielo en un millón de trámites variados. Que cesen entretanto los domingos y los ciclos precisos de la luna. Queden invitados los minutos y disculpadas de asistir las estaciones.

Y apenas tú desatas mudo el hilo del deseo intercalando esquemas en los huecos.

Trenzada entre los bordes indistintos, extroversión pausada de reloj. Tiempo sin prisa.

Y, entre los pliegues, más allá de mis costillas, ganas de reincidir a cada hora.

martes, 27 de julio de 2010

Hay un temblor de miel que desabrochas en las heridas quietas de mis dedos.

Suturo tu intención con mil disparos y me llueven a gritos estrellados, en intervalos mudos,

tus silencios.
Teléfono. Rotonda. Semáforo. Big bang de relojes en hora punta. Caos y colapso. Incertidumbre. Fallo. Error-ensayo-prueba-error. Intermitencia de latidos. De la máquina. De la pieza. Del individuo.

Comienzo.Interrupción. Intervalo. Paréntesis. Disculpa. Excusa. Acción. Fiebre.

No para.

No para. No se detiene en márgenes.

Esquema invertebrado sobre el plano. Colisión de iris. Estereotipos. Nunca. Ahora. Ya o jamás. Correlato de la luna. Enhebrado de cuerpos. Baremo de emociones en el último estante del almacén. Sincronía de latidos. Choque. Espasmo. Despeje de incógnitas de trámite difícil.

Y, por debajo, arrastrando muestras al subsuelo, un grito en duermevela rasgando tu camisa.